El monte y sus mujeres, resistencia y valor.
Mistral y Dana: niñas errantes
"Yo me pongo en el viento y en la lluvia tierna, para que éstos, viento y lluvia, puedan abrazarte y besarte para mí", le responde Doris Dana por esa misma fecha.
Estos son fragmentos de cartas entre la poeta y su secretaria personal, que fueron donados al Estado chileno por Doris Atkinson, sobrina de Dana, cuando ésta murió en 2006.
El escritor Pedro Pablo Zegers, conservador de la Dirección Nacional de Biblioteca, se encargó de editar la correspondencia en un libro llamado “Niña errante”.
¿Amor lésbico o maternal? La discusión vuelve a abrirse, pero las cartas dicen, hablan solas, transpiran erotismo y sensualidad. Las cartas cierran.
La discusión sobre la sexualidad de Gabriela Mistral es algo añeja, pero el “descubrimiento” de este material inédito, desata nuevamente la controversia iniciada allá por el 2000. Ese mismo año, Doris Dana, aparece en una revista recalcando que “nunca tuvimos una relación”.
La pregunta que nos hacemos es inevitable ¿podrían, en aquella época, “salir del closet” -como se dice ahora-, cuando la mujer era vista como la ‘ama de casa’, casi asexuada? ¿Cuando la homosexualidad, y mucho más la femenina, era inaceptable y condenada? ¿Cuando el lesbianismo en Chile es altamente repudiado? –y cuánto más en la década del 50-.
Gabriela Mistral y Doris Dana se habían conocido en 1946, dos años más tarde iniciaron una relación epistolar gracias a la colaboración de la poeta en un libro sobre Thomas Mann que Dana ayudó a editar. Doris Dana se convirtió así en secretaria, amiga, albacea y heredera de la autora.
La norteamericana acompañó a la poeta en los últimos diez años de su vida, y no sólo se transformó en la protectora de su obra, sino también de sus secretos. Quizás, solo Dana sabía que aquel verso del poema “Vergüenza” (“Si tu me miras, yo me vuelvo hermosa… /… yo callaré para que no conozcan mi dicha los que pasan por el llano”), era para ella.
La lesbofobia que existe en Chile no pone paréntesis, hablar de la sexualidad de la Premio Nóbel simplemente no encaja. Gabriela Mistral, físicamente, no cumplía con el estereotipo femenino, nunca se casó, y la mayor parte de su entorno era femenino.
En 2001, Francisco Casas anunciaba el proyecto de una película sobre Gabriela Mistral, “La pasajera”, que presentaría a la poeta como lesbiana. Lógicamente, los mistralinos chilenos reaccionaron en masa y pusieron el grito en el séptimo cielo. Volodia Teitelboim, autor de “Gabriela Mistral pública y secreta”, aseguraba que no había pruebas de ello. El alcalde de Vicuña se oponía tajantemente a que en su comuna se filmara una película "que dice que Gabriela Mistral se junta ba con homosexuales". Y Jaime Quezada, director de la Fundación Mistral, negaba también y le restaba autoridad a Casas. Como si la sexualidad de un autor deteriorara o enalteciera su obra.
La hipótesis de un amor filial puede ser aceptada en una sociedad represiva como la chilena, y muchos críticos hablan que ese amor es llevado a tal punto de erotización en las cartas, que bien se podría hablar de incesto. Demasiado complicado para decir sencillamente que es amor. Silencio por un lado, y por otro, demasiadas palabras por parte de quienes ostentan las letras en Chile, quienes, con una lógica viril, aseguran que la relación era solo maternal.
Como mujer pública, Gabriela Mistral transitó dos caminos en una misma ruta, uno que favoreció su reconocimiento publico como poeta, y otro, donde no permitió que se entrometieran en su privacidad para que no pudieran criticarla.
No caben dudas de que las recientes cartas publicadas, son cartas de amor. Negarlo solo nos da dos opciones: o no sabemos leer, o no queremos escuchar.
Editorial Nº 3
Historia de una persona a la que el día no le alcanza
Suena el despertador a las seis de la mañana. Me levanto y mientras preparo el desayuno certifico la dirección marcada en el diario de ayer. Pienso: me tomo el bondi, luego el subte, y ya está, en una hora estoy ahí. Tendría que llegar puntual a la entrevista, parece ser una buena oportunidad.
Ya se hicieron las siete. Me cambio en un santiamén y decido partir. No he terminado de bajar las escaleras cuando oigo que comienza a sonar el teléfono. Apuro el paso y regreso a casa. Levanto el tubo y del otro lado: mamá, que por favor vaya enseguida a lo de la abuela que se descompuso, y que ninguno de mis hermanos está disponible. Lo mismo de siempre. Le digo que no puedo, que tengo una entrevista para un laburo y no puedo faltar. Me pide por favor que vaya, que está retrasada y me vuelve a repetir que mis hermanos no están, para hacerme sentir mal obviamente, logrando su cometido. Mamá suele tener la mala costumbre de siempre salirse con las suyas. A las puteadas salgo rápido para lo de la abuela, olvidándome del recorrido planeado anteriormente.
A las 8:30 llego a lo de mi abuela. Me cuenta que se siente un poco mareada pero que no es nada grave. Seguramente le cayó algo mal de lo que comió la noche anterior. Le digo que no se preocupe y mientras la recuesto en su mecedora y le alcanzo un vaso de agua, me suena el celular. Pedro, compañero de Semiótica, me avisa que el profe está justo en éste mismo momento firmando libretas y se queda en la facu una hora más solamente. Tendría que ir para allá urgente, es mi última oportunidad de engancharlo. Me aseguro que mi abuela esté bien y le digo que me tengo que ir, que se quede tranquila, que ya debe estar por caer mamá. Mucho no le gustó mi actitud, pero no tenía otra alternativa.
Cúanto darías por La Razón
Así hablaba Kafka
“Andá con cuidado”, me habían dicho, “si no contesta, no lo apures, va a estar absolutamente metido en su mundo”. Y tenían razón.
Había preparado algunas preguntas de manera muy meticulosa, cuidando bien las palabras para tratar de que con cada pregunta él pudiera explayarse y yo no tuviera necesidad de repreguntar o idear otros cuestionamientos. A decir verdad, me asustaba la idea de estar frente Kafka. Me habían dicho que era muy silencioso, que probablemente me contestara con monosílabos y que seguramente se mostraría indiferente a mi presencia.
Entré a su estudio, él estaba de espaldas a la puerta, mirando por una pequeña ventana como la lluvia mojaba los árboles en ese atardecer en Praga. Dije ‘permiso’, y se dio vueltas con una serenidad que estremecía, propia de un tipo llamada Samsa.
Su escritorio estaba bastante revuelto, cantidad de papeles esparcidos, una pila de libros señalados que aparentaban no haberse terminado de leer, y un increíble polvillo que se esparcía por todo el territorio kafkiano.
Caminé los seis pasos que me separaban de él, le estreché la mano flaca y con una sonrisa disimulada y un dudoso alemán me dijo ‘estás mojada’ (interiormente agradecí ese gesto y casi sentí que pude relajarme). Era pequeño, flaco -flaquísimo-, y a decir verdad, poco atractivo. Tenía puesto un traje marrón, algo arrugado pero limpio, una barba de tres o cuatro días y el rostro horrorosamente consumido, cuando lo miré a los ojos reconocí una tristeza y una concentración que ciertamente me dejaron paralizada. Por un momento pensé en ofrecerle un cigarrillo, pero pronto deseché la posibilidad. Él me miró fijo a los ojos, con una mirada oscura y tan penetrante que creí intuía lo que yo estaba pensando, me invitó a sentarme.
Aguafuertes
“De la cama al living sientes el encierro”. Estoy casi convencida que Charly García escribió esta canción luego de haber experimentado algún día de muchísimo aburrimiento (porque sin ánimo de ofender, pienso que debe haber experimentado algo más que drogas en su vida este hombre). ¡Qué sensación más espantosa que es estar aburrido! ¡Qué sentimiento más parecido a la infelicidad! Todos los que leen esto deben estar pensando qué estupidez que estoy diciendo, y lo que es peor, qué estupidez tan grande me mortifica. Pero en algún punto si se ponen a pensar en esto un segundo no es algo tan insignificante.
Uno se cansa de leer y de escuchar acerca del amor, del desamor, acerca del dolor, de la felicidad. Pero pocas veces ronda el tema del aburrimiento en reflexiones profundas o baratas (como esta) pero sin embargo, es una sensación, un sentimiento tan cotidiano como el resto de los tan trillados siempre. Hablemos alguna vez del aburrimiento. Cuando se esta aburrido uno pasa por diferentes estadíos que casi siempre persiguen este orden:
A) uno empieza a buscar qué hacer… y re piensa… porque algo se debe poder hacer aunque en ese momento nada parece surgir.
B) Se llama a todos sus contactos con la ilusión (porque es esa la palabra) que alguien cercano esté pasando por el mismo momento que uno. Frente a la negativa. (Aquí podría aparecer un ítem más en la famosa ley de Murphy que siempre funciona “nunca nadie allegado a ti comparte el aburrimiento contigo en el mismo tiempo y espacio”) pasas al estadio…
C) vuelves a tu PC y chequeas por vigésimo quinta vez en el rango de 15 minutos tu correo electrónico, facebook, blog, blag, http, miras fotos viejas, miras el facebook, blog, blag y http de cualquier amigo tuyo. Y te das cuenta recién ahí que tenés que hacer algo de tu vida porque todo el mundo pareciera tener una vida mas divertida que la tuya, te deprimes un poco mas, entonces…
D) Prendés el televisor esperando encontrar un estreno o algo que todavía no hayas visto y que te entretenga un rato aunque sea hasta ver qué podés hacer
E) Apagás el televisor
F) Abrís la heladera porque crees tener hambre de nuevo aunque hayas comido hace algo menos de una hora. Los chocolates suelen apalear unos instantes el aburrimiento, porque además de comerlos uno puede leer en ingles, en portugués y en castellano todo lo que contiene el alimento ingerido, de dónde proviene y conocer también el 0800 al que se puede llamar para hacer algún reclamo algún otro día de aburrimiento
Versos en el margen
SOLO MAESTRO A Carlos Fuentealba. ¿Quién va a matarme si sólo soy un docente? ¿Quién va a matarme si uso sólo guardapolvo? ¿Quién va a matarme si sólo soy un padre? ¿Quién va a matarme si educo a la esperanza? ¿Quién va a matarme si sólo soy un obrero? ¡Quién mierda va a matarme! Aylén Catania | El criminal se cobró otra víctima El asesino de trabajadores Se llevó un maestro El judas se llevó a Carlos En un viernes santo cargado de sangre La sangre de todos los cristos, Estudiantes, maestros y obreros.
Carlos era un tipo peligroso No usaba armas No era violento El trabajo era su trinchera Los estudiantes sus compañeros de lucha Y eso lo hacía enemigo de la muerte El enemigo más peligroso. Lisandro Romero |
Carlos Fuentealba. Maestro. 43 años. Asesinado.
Luego de cinco horas en terapia intensiva se decidió retirarle el respirador artificial cuando se le declaró «muerte cerebral». La bala fue recibida por Fuentealba de manos de la policía provincial en la ruta 22 en Neuquén. Se retiraba de una marcha de docentes en la que el reclamo dejó de ser la nota. Iba dentro de un auto cuando la bala de gas lacrimógeno, rompió el vidrio del Fiat 147 en el que viajaba, y le dio en su cabeza. Una vida vale lo mismo que buscar un poco de dignidad.
Todos conocemos la historia. O al menos todos deberíamos conocerla.
Tanto Aylen como Lisandro la conocieron, y no sólo la conocieron, sino que la sintieron, y en algún lugar de su cuerpo, seguramente la padecieron. O al menos eso muestran sus letras, su regalo para él, para Carlos.
Aylen tiene sólo 12 años, y escribió esta poesía el mismo día del asesinato. Pertenece a un taller literario llamado ALMA, ubicado muy lejos de donde Carlos fue asesinado, en Del Viso, Prov. de Buenos Aires. A Lisandro lo encontré en una página de Internet compartiendo sus letras.
No importa quién, no importa dónde, todos debemos recordar, pero por sobre todo, nadie debe ser asesinado con tanta impunidad.
La poesía en ascuas. Siempre urgente y presente. Haciéndonos erizar la piel.
Cómo no sentir como ellos sintieron. Si su presencia nos conmina a reflejarnos, a ponernos por un segundo en el lugar del otro. A sentir que nuestra nuca fue la que recibió esa bala. A entender que todos somos maestros, que todos somos hombres, y que en algún momento del día, aunque más no sean cinco minutos, todos somos Carlos.
Nuestros derechos exigidos, reclamados, puestos en poesía.
La extraña razón de mi vida
A lo largo de su existencia los diferentes gobiernos han “invertido” mucho tiempo -y dinero- para idear un método de coerción y coacción que no resulte tan obvio a los ojos de la gente, un método que logre instaurar en el inconciente colectivo la ideología de turno y que, de cierta forma, legitime un poco mas su poder sobre el pueblo. Se ha utilizado durante este arduo camino de búsqueda de un cáliz sagrado -llamado poder- innumerables técnicas y mecanismos, desde pomposas y extravagantes campañas políticas hasta las más inimaginables promesas de dólares y felicidad. Pero sin duda alguna, la técnica que mejor ha funcionado cuenta con actores tan sigilosos que resultan casi imperceptibles y, lógicamente, mucho mas efectivos.
Desde siempre el ser humano ha sentido la necesidad de vivir en sociedad, de crear organismos que regularicen su conducta y faciliten dicha vida social.
Con el paso del tiempo y la evolución de las ciudades el estado se fortaleció y comenzó a ocupar el lugar perteneciente a la religión, relegando a la Iglesia -que fue la primera institución de la historia en actuar como si fuese un estado- coordinando la vida en sociedad, sancionando leyes, encargándose de la economía y sobre todo, educando a un segundo plano, tomando de ella los tan efectivos métodos de dominación que la hicieron ama y señora de gran parte del mundo durante largos siglos y dándole lugar así a los Aparatos Ideológicos del Estado. En palabras de Louis Althusser, uno de los principales exponentes de la teoría, los AIE son un serie de instrumentos que siguen una línea que representa a éste, utilizando para ello diferentes instituciones reproductoras de la ideología oficial, la religión, la política, la familia, lo jurídico, entre otras, y de las cuales se destaca la educación, por tratarse de una formula masiva, progresiva y por ser, además, aquella que trabaja con los seres mas vulnerables con los que nos podemos encontrar: los que carecen de conocimiento.
Nosotros los "vagos"... PARAMOS TODOS, PARAS TU, PARA EL, PARO YO!
¿Qué quieren? ¿Cuánto quieren ganar?
¿Qué pretenden, acaso los demás ganamos sueldos cuantiosos?
¿Acaso los jubilados cobran todo en blanco?
¿Acaso los médicos trabajan en condiciones dignas?
¿Acaso nuestros hijos tienen el derecho de recibir una educación gratuita en este país donde todo está dado vuelta?
¡¿Acaso nosotros los ciudadanos tenemos el derecho de tener un pueblo inteligente y con oportunidades?! ¿Acaso, acaso, acaso...??? éstas son las preguntas que siempre quedan sin responder, es por esto que me pareció muy enriquecedor utilizar este espacio para informar sobre “algunas cosillas” que suceden y que no terminan de aclararse.
Tristemente, por otra vía aparece un representante de la ciudad diciendo, “¡Esos vagos que se vayan a trabajar!”, qué bárbaro! Vagos pasó a ser un sinónimo de docentes.
¿Qué entendemos por educación?
Para qué necesitamos que un pueblo sea educado.
En las mentes inteligentes de nuestros antepasados más gloriosos, surgía la idea, que la sociedad debía acceder a una educación sin límites, amplia y gratuita para que todos dispusieran de herramientas que les proporcionaran la formación de ideales de libertad, lucha y trabajo, para gozar de una vida con calidad.
Con el transcurso del tiempo esto fue cambiando y surgieron intereses de las grandes empresas globalizadoras del saber.
La educación como tantas otras cuestiones fue el último motivo para incluir en sus planes, privilegiando el manejo de grandes capitales sobre grandes ideas, así es que los planes de educación se fueron poniendo al servicio de unos pocos y descartando cada vez más a unos cuantos.
Bajo la sombra de algunos discursos solapados como “vamos a otorgar becas de comedores para que los chicos mas necesitados puedan tener un plato de comida caliente y saludable todos los días”, en vez de decir “vamos a generar mas puestos de trabajo para que los mas necesitados puedan llevar a sus casas el alimento diario” siempre se elige el mal menor, y nos vamos conformando y hasta creyendo que la idea de los comedores escolares tal como están funcionando es la mejor, pero ¿quién controla la calidad de esos alimentos? ¿Quién selecciona al personal que debe verificar la comida de nuestros pibes?
Hacia una educación liberadora
Freire sabía que contar anécdotas e historias suponía un método eficaz cuando las teorías elaboradas fracasaban, y así creaba un vínculo entre orador y público, generando una mínima complicidad para fortalecer ese lazo; porque son en las historias, en el reconocimiento con el otro, donde los vínculos se fortalecen. Esa era la pedagogía del amor que el brasileño Paulo Freire difundía e intentaba expandir.
I Paulo Freire fue un pedagogo brasileño, nacido en las puertas de la década del 20. Conoció la pobreza y el hambre durante la crisis de 1929, experiencia que formaría sus preocupaciones por los excluidos y le ayudaría a construir su perspectiva educativa.
Para poder comprender lo que significa Freire y lo que propone como educación, quizás sea fundamental conocer el contexto que ha vivido, ya que es a partir de él que surgen sus propuestas. No voy a extenderme realizando una biografía de Freire, pero sí decir que su obra contiene las nuevas y revolucionarias ideas que surgen en la América Latina en los años ‘60.
Sus primeros trabajos tienen que ver con la educación de las poblaciones pobres de su país. Freire contempla los traumas y dificultades por los que atraviesa la gran mayoría de los hombres campesinos del norte de Brasil, producto de una educación alienante que lleva al pueblo a vivir su condición de miseria y explotación con una gran pasividad y silencio. Ante esta realidad, Freire plantea que el hombre debe ser partícipe de la transformación del mundo por medio de una nueva educación que le ayude a ser crítico y lo lleve a vivir sus experiencias como algo completo de valor.
Muéstrame como hablas y te diré quien eres
Apuntes sobre la línea de fuego
e la propia experiencia vivida por quien ejecuta uno de los roles protagónicos en el filme. Se trata de François Bégaudeau, que interpreta al profesor de lengua francesa, uno de quienes apuestan a experimentar encerrado entre los muros de un aula. Sitio espacial y discursivo claustrofóbico, demasiado pequeño para tan expansivo choque de subjetividades. Las tomas transcurren en interiores de escuela ensamblados en largas secuencias de cuadros comprimidos, en planos medios, y ping pong de primeros planos. El movimiento fílmico hace foco en las partes del cuerpo más móviles y activas en un escenario áulico, los rostros y torsos de alumnos detrás de los bancos. Roces y enfrentamientos entre las tantas etnias que configuran el amplio y difícilmente conciliable conglomerado poblacional de algún suburbio parisino. Encuentros entre las diferenciales cosmovisiones, de quienes detentan el poder que otorga el saber disputado en las aulas, y quienes, del otro lado del muro, de ese más numeroso de la clase, se resisten a creer que indefectiblemente ese saber es poder.
Pero además no se trata tan sólo de subjetividades y posicionamientos generacionales y de poder en pugna, sino de una mirada, traducida en un enunciador cinematográfico que en ningún momento toma parte en las pequeñas grandes luchas en la arena realista-ficcional. Un ojo objetivo se limita a moverse con los nerviosos movimientos y sonidos propios del convulsionado ambiente de un aula, sin ninguna música incidental, sólo los ritmos de roces en constante estado de ebullición. Un profesor busca en contrapartida que la atención en los temas de la lengua, en sus formas y gramáticas ortodoxas no decaigan. Aplicaciones teóricas anquilosadas ante un colectivo de alumnos que no encuentra razones para conocer las diferencias entre el pretérito imperfecto del indicativo y el del subjuntivo, cuando ya ni sus abuelas usan éste último extraño modo verbal para comunicarse. Los chicos no parecen interesados en cuestionarse algún futuro conjugando el “si yo supiera”, porque para ellos se desdibuja la segunda parte que completaría la proposición, el lugar de un potencial desarrollo tras la conquista del saber.
Etiquetas autoadhesivas
Podríamos decir entonces que mediante la educación no formal se imprimen las “etiquetas” que debemos llevar en nuestra frente: “soy loca”,”soy vago”,”soy rara”,”soy inútil”, etc. Rótulos que también son aprendidos, y que nos acompañaran el resto de nuestra vida casi sin saber que allí están. Solemos asimilar estos “soy” generando una falsa auto imagen en muchos casos, y olvidándonos que lo único que realmente “somos” es “Ser personas”, el resto de las etiquetas corresponden a estados, “estoy vago”,”estoy indeciso”, “estoy triste”; lo cuál nos da más posibilidades de cambio.

