La configuración del propio cuerpo a partir de la imagen

Como en el espejo, es en fotos que buscamos reconocernos. Una fotografía es un espejo de papel, fija nuestro reflejo y lo conserva en el tiempo. Así como tantas veces desconocemos al personaje que intercepta nuestra mirada desde el otro lado de la pieza pulida, tantas otras tampoco nos identificamos cuando nos vemos retratados. Nuestra imagen interna no coincide con aquella que la cámara capta, se abre un vacío entre original y duplicado, entre éste que soy hoy y aquél que fui ayer. Conocemos nuestras manos, nuestros ojos, nuestra boca, la expresión de alegría, la de furia, la de placer; pero no reconocemos las expresiones del duplicado, ni sus rasgos.
        Mayoritariamente los seres humanos no precisan verse para percibir su individualidad. En otros casos, solo la imagen permite el reconocimiento del yo. David Nebreda es uno de esos casos. Diagnosticado esquizofrénico paranoide desde muy joven, Nebreda hace uso de la cámara para reconocerse.
        Este fotógrafo autodidacta vive en Madrid, aislado de la sociedad y sin medicación alguna. Desde allí salieron sus autorretratos y posteriormente fueron exhibidos en Paris y editados en formato libro. Las imágenes son el reflejo congelado de un hombre torturado por la locura, pareciera que solo mediante la laceración de su cuerpo consigue comprenderlo y declararlo propio; y la fotografía prolonga este reconocimiento por tiempo indefinido.
        En otras imágenes Nebreda capta el instinto más animal del hombre, aquello que al construir una psique sana dejamos enterrado en nuestra parte más profunda, lo que el arte solo puede simbolizar mediante retórica y efectos plásticos. Con la construcción de realidad que solo la cámara infiere, el público es expuesto a este instinto en su estado puro y concreto. Este mostrar con descarno, tan primitivo, es lo que pareciera mantener la fascinación del espectador que gusta de la obra de este fotógrafo.
Las imágenes que captó Nebreda fueron creadas para su propio uso, como terapia necesaria para enfrentar su particular confusión, él es emisor y receptor de su propio mensaje. Así es como el espectador se vuelve un espía, un mirón, un testigo del dolor ajeno, del terror de otro. El calvario impropio nos coloca en la difícil posición de consciencitizarnos de nuestra propia humanidad, de que la agonía no se encuentra tan lejana y la posibilidad de advertirla en un otro sirve de catarsis interior, actúa como exorcismo de nuestro propio terror. De esta manera la obra de Nebreda repulsa hasta sentir la necesidad de correr la vista, pero a su vez atrae los ojos como dos imanes, hambrientos de brutalidad y desasosiego. Sólo la fotografía, con su concepción de registro y fijación de lo real, consigue en una primer instancia imprimir a la imagen con un velo de veracidad y en un segundo momento, ante el desgarro, de artificialidad, como buscando la ubicación del truco, porque es demasiado brutal para ser real.
      
 ¿Pero realmente Nebreda realizó estos autorretratos solo para él? Toda producción de sentido, aunque sea en último grado, conlleva la posibilidad de que un otro sea testigo. Así es como Nebreda tomó su retrato tratando de entender su desorbitado mundo particular, pero también para que el mundo que orbita alrededor de su aislamiento sea tocado por la locura.
       

2 comentarios:

Cristina dijo...

Me pareció fuerte,pero valoro el talento del artista para poder tomar esas imágenes que otras personas no pueden sostener en su mirada. Hay que tener fortaleza para rescatar el lenguaje de aquello que los otros queiren mostrar aunque sea TREMENDO.

Revista PostaData dijo...

Hay muchos que tienen tremendas cosas que mostrar, y solo algunos utilizan la fotografía para hacerlo; si bien una imagen no vale por mil palabras, si vale por mil proyecciones y cada espectador las proyecta en su mente abriendo así una inacabable cantidad de nuevas fotografías.
Leo