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Jacobo Fijman y Antonin Artaud: una comunión de soles negros

Existen en la literatura ciertos casos en los que vida y obra de un escritor suelen ir fuerte de la mano. Algunos autores, indudablemente tocados por la locura, han escrito fuera de ella y a través de ella. La lista podría ser interminable, pero quisiera rescatar a dos poetas cuyos casos considero excepcionales, y no sólo porque las vidas de ambos fueron atravesadas por eso que llamamos habitualmente “locura” o por haber dejado en sus obras el sello inconfundible del delirio, sino también porque ambos, con graves problemas psiquiátricos, estaban predestinados a la verdadera locura: esa que signa el camino dejando detrás un perfecto resabio a desdicha, soledad y angustia al bajar la persiana de cada día.
Un encuentro casual en el café La Coupole de París los enfrentó, durante la primera estadía de Fijman en la capital francesa. El poeta argentino contó que Artaud y él estuvieron a punto de pelearse cuando se conocieron: “Yo me identificaba con Dios y Artaud con el diablo”. Quizá este sea el punto de partida para hablar un poco de dos grandes artistas que –situados en orillas diferentes- sufrieron internaciones varias y definitivas en hospitales neuropsiquiátricos, donde fueron sometidos a tratamientos reiterados de electroshocks y condenados al descarte social –salvo por los pocos amigos que cada uno contaba- y donde la muerte supo encontrarlos.
Por un lado, Jacobo Fijman, un judío que abrazó el catolicismo en mitad de su vida, un poeta que le escapaba a la metáfora y que trasladó su poesía desde la imagen, el gesto y el lenguaje corporal hacia el símbolo y la metafísica. Su crisis mística lo llevó a reemplazar al Dios del loquero, que aparece en su primer libro, por el Dios de las alturas, perdiendo el cuerpo físico de la manera más poética para purificarse con el fuego de la pasión espiritual. Toda su obra, más allá de las cuestiones religiosas, es reflejo auténtico de infinita soledad, tristeza, desamparo y desesperanza. Fijman encierra en ella la temática de la locura oponiéndola a la cordura, y se muestra preso de un destino de exclusión que incluye pobreza, reclusión y olvido. 
Antonin Artaud, en cambio, buscaba otra salida para extirparse la angustia. Partiendo de un lenguaje no poético, en su mayoría rústico y escatológico, con una necesidad de encarnar el cuerpo en el Verbo –en un sentido lírico- supo materializar esa misma necesidad en sus propias palabras: “Soy un cuerpo y no un espíritu”, pese a manifestar que “No ha quedado demostrado, ni mucho menos, que el lenguaje de las palabras sea el mejor posible”. Decía destruirse espiritualmente a sí mismo, contrariamente a lo que sostenía, subrayando ser poseedor de un estado físico inexistente, incompleto, abandonado. Sin embargo, declaraba por momentos que su sola pretensión era mostrar ese espíritu que negaba con frecuencia. Se consideraba una especie de génesis de los reflujos de la mente, rellenos de esa angustia que permanecía intacta y que podía curarse únicamente con la supresión del vacío espiritual.
Tanto uno como el otro permanecen todavía al margen de los cánones literarios, vagamente reconocidos e incrustados en un arte “patológico” de alienados, sin entidad, por haber dejado entrever en sus obras una clara referencia autobiográfica aun marcando de manera constante las fronteras entre la creación artística y sus problemas psiquiátricos. Es mi deseo ferviente que las poéticas de Artaud y Fijman persistan dignas y limpias de toda paranoia y de todo hospicio.

Polleras de novela

Por Emiliano Cosenza

La aparición de Los siete locos en 1929 convirtió la idea de separación y divorcio con Carmen Antinucci en una decisión tomada. Arlt arrancó la primera página de uno de los ejemplares y se lo entregó a su mujer para que lo leyera. Carmen, que sabía de los amoríos de Arlt, se detuvo en la primera librería que encontró y compró un ejemplar; de inmediato se enteró que aquella novela estaba dedicada a Maruja Romero. En medio del escándalo decidieron la separación. Carmen se mudó a Córdoba con Mirta y Arlt se quedó en Buenos Aires, deambulando de pensión en pensión, de barrio en barrio.

En alguna de esas habitaciones funestas, Arlt le escribió a su hermana Lila: “Estoy en un momento de mi vida en que tendré dinero y tengo experiencia para ensayar otra vida. Si ese ensayo fracasa, tengo energías, talento y fuerza para separarme de lo que no me conviene. Pero ahora sé que lo que no me conviene es esa mujer. Pensá que yo puedo ser Erdosain, pensá que ese dolor no se inventa ni es literatura, ese dolor es el que he llevado al lado de esa mujer en ocho años de condenación”.

Durante unos años, Arlt ensayó esa nueva vida sin las torturas de Carmen. Y si bien la separación parecía definitiva, en 1933 Arlt le dedica a ella los relatos reunidos en El jorobadito. Dice la dedicatoria: “Me hubiera gustado ofrecerte una novela amable como una nube sonrosada, pero quizás nunca escribiré obra semejante. De allí que te dedico este libro, trabajado por calles oscuras y parajes taciturnos, en contacto con gente terrestre, triste y somnolienta. Te ruego lo recibas como una prueba grande del amor que te tengo”. Al respecto, Sylvia Saítta —en su biografía de Roberto Arlt, El escritor en el bosque de ladrillos— señala: “La dedicatoria no hace sino tornar ambigua la intención pues Arlt no sólo no le ofrece ‘una novela amable como una nube sonrosada’ sino que le dedica uno de los libros más violentos y agresivos hacia la mujer”.

Parte de la vida de Roberto Arlt sigue viva en sus ficciones. Sus mujeres y la relación que tenía con ellas están eternizadas en dos novelas: Los siete locos y El amor brujo. La primera parece haber sido escrita como redención a las torturas de Carmen y la segunda está íntegramente dedicada al amor que nunca tuvo: Maruja Romero o Irene Loayza, en la novela.
Su segunda esposa, Elizabeth Mary Shine, quedó afuera de las ficciones, incluso Arlt le prohibió que leyera su obra porque trataban de otro amor y decía que eso podía entristecerla. “Respeté su deseo mientras vivió —cuenta Elizabeth—, pero a la muerte leí todos sus libros. Me parecieron excelentes, y en vez de tristeza, siempre me trajeron la alegría de haberlo tenido, aunque sea, por unos años de mi vida”..

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